Magnolia Tellez Trejo
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| Foto Maricela Figueroa |
La personas oyentes tenemos la posibilidad de inconformarnos, renegar, maldecir y expresar claramente lo que sentimos por medio del lenguaje. Cuando nos toca vivir una situación dolorosa, podemos hablarlo ya sea con los que nos rodean o con nosotros mismos, hablamos en voz alta o en voz baja, pero hablamos. Karla tenía dificultad para expresarse y no porque le faltara lenguaje, pues hablaba Lengua de Señas Mexicana (LSM), su dificultad radicaba en los pocos ojos que estuvieran dispuestos a “escucharla”, porque la LSM se ve y se entiende, conociéndola por medio de la vista.
La noticia de su muerte, me pareció grotesca, tajante, cruel y dolorosa, pero ¿acaso no es así la realidad? Después de sentarme el sillón de la sala y ponerme a llorar unos minutos, decidí valientemente, porque no fue fácil, llamar al celular de su mamá, para preguntarle si era cierto el mensaje que acababa de recibir; sí, así es maestra, Karla está muerta.
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| Foto Maricela Figueroa |
De inmediato se vinieron muchas cosas a mi mente, recordé cuando supe por una compañera de trabajo, que Karla estaba desaparecida desde el día tres de julio, “salió por gorditas para almorzar y ya no regresó”, según versión de su mamá y el abuelo, recordé que Karla me había mandado un mensaje diez días antes diciéndome que quería platicar conmigo, no logramos vernos. De inmediato me sentí triste, culpable e impotente por no haber hecho más por ella.
Cuando Karla estaba desaparecida, hablé con su mamá animándola a que quizá se habría ido con algún amigo o amiga, que seguramente estaría bien que se iba a arrepentir y regresaría con bien a su casa, de antemano sabía que eso era sólo una hipótesis en la que yo quería creer, eso me hubiera gustado a mí, sin embargo, sentía miedo y dolor de imaginar por las circunstancias qué estaría pasando Karla, que apenas cumpliría 18 años tres días después de su muerte.
Karla era una chica muy inquieta, quería hablar con todo aquel que se lo permitiera, buscaba a las maestras de la escuela, compañeras y compañeros, vecinos, amigas de las amigas, etc. ¿Qué buscaba Karla exactamente? Karla buscaba desesperadamente ganarse un lugar en este mundo como ser humano, como persona, quería tener amistades y ser respetada y aceptada como cualquiera tiene derecho a serlo, tener compañía, platicar, platicar y platicar, siempre estaba buscando alguien para platicar. Quizá no lograba (o no logró) encontrar alguien que de verdad se interesara por sus sentimientos, ideas y vivencias. Una de sus mejores amigas en la escuela fue Mary ,les gustaba estar juntas y compartir, sin embargo, ambas eran constantemente relegadas del grupo aún en la escuela para personas sordas.
Karla llegaba a pecar de insistente. Perseguía a cualquiera del personal de la escuela para decirle cualquier cosa. Pero siempre había otras cosas qué hacer, había muchas actividades en la escuela y era difícil dedicarle más tiempo.¿Nos pasa esto a menudo al personal que trabajamos en educación? ¿Somos capaces de darnos cuenta de que, aunque los contenidos académicos son importantes, más importantes resultan las herramientas que podamos construir en nuestras alumnas y alumnos para enfrentar la vida? La escuela es parte importante en la vida de niños y niñas y el reflexionar sobre qué aprendizajes obviamos (o evitamos) en la escuela bajo la premisa de que “eso le toca aprenderlo en su casa” sería importante y urgente. Más vale un abrazo de cariño sincero en la escuela que aminore la soledad y el dolor, que cien páginas llenas de letras o números.
Karla pecaba de ser amigable. No había colonia donde ella junto con su mamá llegaran a vivir y no hiciera de inmediato amistad con todos los de las cuadra. Ella iniciaba la amistad, platicaba con ellos, les hacía un sinfín de preguntas hasta que la conocían y todo mundo sabía que Karla era una chica sorda que había llegado al vecindario, y que se daba a entender aunque los vecinos no hablaran LSM.
Karla pecaba de ingenua, muchas veces sus compañeros y vecinos la incitaron a hacer cosas que ellos no se atrevían a hacer y sabían que Karla las haría, abusaban de su candidez e ingenuidad. Karla no creía que estuvieran utilizándola pues prefería que no se enojaran con ella y le quitaran su amistad, buscaba constantemente la aceptación y el cariño de los demás.
Pero el “pecado” de Karla más grande fue el de confiar plenamente en la gente, jamás pensó que le podrían hacer daño, caminaba sola por las calles a altas horas de la noche, salía a lugares muy lejanos a su domicilio, se juntaba con grupos de personas que la invitaban a diferentes actividades y lugares, no creía que algo le fuera a pasar. Varias veces sufrió abusos de cualquier tipo de personas que le rodeaban, incluso de personas de “confianza” y que “la querían” y después de que lo platicaba, muchas veces llorando, prometía que ya se iba a cuidar más. No lo hizo. A Karla la mató su confianza en las personas, el creer que los que la rodeaban actuaban de buena fe.
Karla ahora es un número más en las estadísticas de los feminicidios en estado de Morelos, Karla dejó de platicar, dejó de buscar, dejó de soñar y dejó de vivir.
Para qué investigar sobre los responsables, sobre los resultados de los estudios que le realizaron, la cruda realidad es que ella ya no está. Karla es ahora un recuerdo, es culpa, es remordimiento, es el inicio de nuevos propósitos.
¿Mantendremos en nuestra mente lo que le ocurrió a Karla? ¿Por cuánto tiempo? ¿Realmente lo sucedido es una lección que podamos retomar para hacer algo por nuestras chicas sordas?
Generalmente todo se queda en buenos propósitos y nuevos planes, ojalá éste no sea el caso. Ojalá que algún día logremos que las mujeres con discapacidad se dejen de ver como ciudadanas de segunda y les dé el lugar que merecen como seres humanos con derechos, mujeres que el único “pecado” que han cometido es haber nacido diferentes a las que nos llamamos “normales”, pero que somos y tenemos un mismo cuerpo y un mismo corazón.
Karla dejó de platicar, dejó de buscar,
dejó de soñar y dejó de vivir
Magnolia Tellez
El día miércoles trece de julio recibí un mensaje en mi celular que anunciaba: “¡encontraron a Karla muerta!” Hay que apoyar a su mamá por favor. Siendo la psicóloga de la escuela para personas sordas de Cuernavaca por más de veinte años, vi crecer a Karla, supe de sus gustos, alegrías y tristezas, supe de la muerte de su padre cuando ella era apenas una niña y supe también por su mamá que, aunque los años pasaban Karla seguía llorando su ausencia. Las ocasiones que platiqué con ella me decía que lo extrañaba y que quería que regresara. Nunca regresó, de la muerte no se regresa, no por lo menos al mismo cuerpo, ni con la misma familia hasta donde yo sé. Karla se sentía totalmente abandonada, no se explicaba porque había muerto su padre si otros padres seguían viviendo y estaban con sus hijas. Así, se tuvo que sobreponer a su ausencia y guardar en algún rincón su dolor.
La personas oyentes tenemos la posibilidad de inconformarnos, renegar, maldecir y expresar claramente lo que sentimos por medio del lenguaje. Cuando nos toca vivir una situación dolorosa, podemos hablarlo ya sea con los que nos rodean o con nosotros mismos, hablamos en voz alta o en voz baja, pero hablamos. Karla tenía dificultad para expresarse y no porque le faltara lenguaje, pues hablaba Lengua de Señas Mexicana (LSM), su dificultad radicaba en los pocos ojos que estuvieran dispuestos a “escucharla”, porque la LSM se ve y se entiende, conociéndola por medio de la vista.
La noticia de su muerte, me pareció grotesca, tajante, cruel y dolorosa, pero ¿acaso no es así la realidad? Después de sentarme el sillón de la sala y ponerme a llorar unos minutos, decidí valientemente, porque no fue fácil, llamar al celular de su mamá, para preguntarle si era cierto el mensaje que acababa de recibir; sí, así es maestra, Karla está muerta.
No atiné a decir más, me despedí diciéndole que le llamaba más tarde pues la señora se encontraba declarando en una agencia del ministerio público y Karla estaba en el SEMEFO.
De inmediato se vinieron muchas cosas a mi mente, recordé cuando supe por una compañera de trabajo, que Karla estaba desaparecida desde el día tres de julio, “salió por gorditas para almorzar y ya no regresó”, según versión de su mamá y el abuelo, recordé que Karla me había mandado un mensaje diez días antes diciéndome que quería platicar conmigo, no logramos vernos. De inmediato me sentí triste, culpable e impotente por no haber hecho más por ella.
Cuando Karla estaba desaparecida, hablé con su mamá animándola a que quizá se habría ido con algún amigo o amiga, que seguramente estaría bien que se iba a arrepentir y regresaría con bien a su casa, de antemano sabía que eso era sólo una hipótesis en la que yo quería creer, eso me hubiera gustado a mí, sin embargo, sentía miedo y dolor de imaginar por las circunstancias qué estaría pasando Karla, que apenas cumpliría 18 años tres días después de su muerte.
Karla era una chica muy inquieta, quería hablar con todo aquel que se lo permitiera, buscaba a las maestras de la escuela, compañeras y compañeros, vecinos, amigas de las amigas, etc. ¿Qué buscaba Karla exactamente? Karla buscaba desesperadamente ganarse un lugar en este mundo como ser humano, como persona, quería tener amistades y ser respetada y aceptada como cualquiera tiene derecho a serlo, tener compañía, platicar, platicar y platicar, siempre estaba buscando alguien para platicar. Quizá no lograba (o no logró) encontrar alguien que de verdad se interesara por sus sentimientos, ideas y vivencias. Una de sus mejores amigas en la escuela fue Mary ,les gustaba estar juntas y compartir, sin embargo, ambas eran constantemente relegadas del grupo aún en la escuela para personas sordas.
Karla llegaba a pecar de insistente. Perseguía a cualquiera del personal de la escuela para decirle cualquier cosa. Pero siempre había otras cosas qué hacer, había muchas actividades en la escuela y era difícil dedicarle más tiempo.¿Nos pasa esto a menudo al personal que trabajamos en educación? ¿Somos capaces de darnos cuenta de que, aunque los contenidos académicos son importantes, más importantes resultan las herramientas que podamos construir en nuestras alumnas y alumnos para enfrentar la vida? La escuela es parte importante en la vida de niños y niñas y el reflexionar sobre qué aprendizajes obviamos (o evitamos) en la escuela bajo la premisa de que “eso le toca aprenderlo en su casa” sería importante y urgente. Más vale un abrazo de cariño sincero en la escuela que aminore la soledad y el dolor, que cien páginas llenas de letras o números.
Karla pecaba de ser amigable. No había colonia donde ella junto con su mamá llegaran a vivir y no hiciera de inmediato amistad con todos los de las cuadra. Ella iniciaba la amistad, platicaba con ellos, les hacía un sinfín de preguntas hasta que la conocían y todo mundo sabía que Karla era una chica sorda que había llegado al vecindario, y que se daba a entender aunque los vecinos no hablaran LSM.
Karla pecaba de ingenua, muchas veces sus compañeros y vecinos la incitaron a hacer cosas que ellos no se atrevían a hacer y sabían que Karla las haría, abusaban de su candidez e ingenuidad. Karla no creía que estuvieran utilizándola pues prefería que no se enojaran con ella y le quitaran su amistad, buscaba constantemente la aceptación y el cariño de los demás.
Pero el “pecado” de Karla más grande fue el de confiar plenamente en la gente, jamás pensó que le podrían hacer daño, caminaba sola por las calles a altas horas de la noche, salía a lugares muy lejanos a su domicilio, se juntaba con grupos de personas que la invitaban a diferentes actividades y lugares, no creía que algo le fuera a pasar. Varias veces sufrió abusos de cualquier tipo de personas que le rodeaban, incluso de personas de “confianza” y que “la querían” y después de que lo platicaba, muchas veces llorando, prometía que ya se iba a cuidar más. No lo hizo. A Karla la mató su confianza en las personas, el creer que los que la rodeaban actuaban de buena fe.
Karla ahora es un número más en las estadísticas de los feminicidios en estado de Morelos, Karla dejó de platicar, dejó de buscar, dejó de soñar y dejó de vivir.
Para qué investigar sobre los responsables, sobre los resultados de los estudios que le realizaron, la cruda realidad es que ella ya no está. Karla es ahora un recuerdo, es culpa, es remordimiento, es el inicio de nuevos propósitos.
¿Mantendremos en nuestra mente lo que le ocurrió a Karla? ¿Por cuánto tiempo? ¿Realmente lo sucedido es una lección que podamos retomar para hacer algo por nuestras chicas sordas?
Generalmente todo se queda en buenos propósitos y nuevos planes, ojalá éste no sea el caso. Ojalá que algún día logremos que las mujeres con discapacidad se dejen de ver como ciudadanas de segunda y les dé el lugar que merecen como seres humanos con derechos, mujeres que el único “pecado” que han cometido es haber nacido diferentes a las que nos llamamos “normales”, pero que somos y tenemos un mismo cuerpo y un mismo corazón.
Karla dejó de platicar, dejó de buscar, dejó de soñar y dejó de vivir


Queridos amigos, ayúdenme a ubicar a marisela figueroa por favor
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