Elena de Hoyos
La ópera “Carmen”
legitima las
consecuencias
fatales de la
desobediencia
femenina
Hay varios factores del personaje que destacan, en primer lugar sus atributos físicos y gallardía, era una mujer que sobresalía por su porte y su actitud. El que fuera una mujer trabajadora, en nuestra cultura es símbolo de una relativa independencia de la esfera económica del varón. El ser una mujer madura también le da un aire de misterio, acentuado por sus dotes adivinatorias como gitana. Una mujer líder, astuta e inteligente. La Carmen, se reafirma constantemente en la mirada de los hombres utilizando, o debería decir, ejerciendo su energía poderosa en la sexualidad. Y estos contrastes atraen tanto la fascinación, como el aborrecimiento de los varones.
Al analizar más detenidamente la trama de la obra en sus diversas versiones, el desenlace final es nada menos que un feminicidio. Es la legitimación del castigo patriarcal sobre la mujer que desobedece la norma de la conducta impuesta para las mujeres. Pareciera ser que al final, la sensualidad de Carmen, su voluntad y capacidad para sostener relaciones amorosas con diversas parejas, es la causa de su muerte. Don José la idealiza como a un objeto de deseo y legitima su poder patriarcal al quitarle la vida, ante la imposibilidad de poseerla. Había que detenerla, porque ella estaba dispuesta a ejercer su libertad de elección. Una legitimización de la violencia como única respuesta ante una situación de impotencia
¿Cuántos crímenes se justifican en aras de la honra masculina? Como si el permitir que una mujer deseada, tenga amores con otros hombres fuese el peor de los fracasos varoniles. Cuando sin embargo, para las mujeres, ésta es una conducta loada en nuestra sociedad. “Aquella venerable mujer que le aguantó todas todas sus infidelidades, para que al final, él se quedara con ella y vivieran tranquilos y felices sus últimos años”. Cómo si tener una pareja para toda la vida, fuera la culminación de las expectativas de realización de cualquier mujer que se considerara respetable ante los ojos de una sociedad antropocéntrica.Carmen siempre dejó muy clara la naturaleza de su amor inconstante. Éste es un atributo que parece natural en los hombres, sin embargo, a la mujer, se le ensalza en función de su fidelidad, capacidad de resistencia y sufrimiento abnegado. En cambio, al hombre se le atribuyen reacciones violentas y agresivas hacia la mujer que lo lastima sentimentalmente. La perspectiva falocrática afirma que la mujer es una pertenencia del hombre, sea o no sea esta su voluntad. “O mía o de nadie”, diría un macho que se legitime en sus creencias.
El arquetipo opuesto a Carmen en Mica, la mujer abnegada que cuida maternalmente del varón, le ofrece todo a cambio de nada y lo consecuenta en sus transgresiones.
Considero que la fidelidad en la relación de pareja es una opción, pero no es la única. Sin embargo, pareciera que para las mujeres solo existen dos, la fidelidad o la castidad absoluta; esto quiere decir, la renuncia a ejercer el derecho a su cuerpo, a su sensualidad, o la muerte a manos de un macho ofendido o ardido, como decimos aquí.
Claro, la transgresión tiene consecuencias que a veces son fatales, como en éste caso, en que la Carmencita, ya no quiere con Don José, sino con el Torero.
Otro de los aspectos que llamó mi atención es el uso del poder femenino a través de la manipulación y casi podríamos decir extorsión sentimental. “Si no haces esto, es porque no me quieres”. Una manera en que La Carmen ejerce su poder, es a través de su intensa libido, que es al mismo tiempo la que la hace merecedora de la muerte, quiere decir entonces que ¿las mujeres poderosas debemos de ser castigadas porque somos peligrosas? y aquí citaría el estigma que la sociedad impone sobre Carmen y que ella lo esgrime como una etiqueta de identidad en su discurso.
–“Si tu no me amas, yo te amo, pero si yo te amo, cuídate”.


Exelente comparación de lo que sucede con las relaciones de pareja "bien establecidas y bendecidas por la sociedad". Mil gracias a Elena de Hoyos por su atinada alegoria y su amena forma de relatarlo.
ResponderSuprimirMa. Antonieta Claveríe